miércoles, 2 de febrero de 2011

Esos conocidos que te encuentras en el autobús


Hala, ¡mira quién es!

Buf, hacía años que no lo veía, casi no lo reconozco. Si la última vez que lo vi llevaba melena, y ahora parece casi formalito. ¿Cómo se llamaba? Era algo así como Eduardo... pero Eduardo seguro que no era. Algo parecido.

¿Se acordará él de mí? La verdad es que tampoco hemos llegado nunca a ser verdaderos amigos. Teníamos amigos comunes, eso sí, y salimos dos o tres veces en el mismo grupo, pero eso fue todo. Voy a buscarle la mirada un poco a ver si...

... Pues no, parece que no, que no se acuerda de mí, porque no ha dado señales de reconocerme. Y ahora justo se coloca detrás del cabezón de este señor mayor que viaja sentado delante de mí, impidiendo por completo que nuestras miradas se crucen.

Vale, eso sí me parece sospechoso. Creo que sí me ha reconocido, y que prefiere no saludarme. Pues entonces tampoco voy a ir yo en su busca. No es por despecho. Es porque si una persona prefiere que la dejen en paz, yo prefiero dejarla en paz. Además, no recuerdo ni su nombre.

¿Cuántos años tendría yo cuando salimos con aquellos amigos comunes? Creo que unos 17. Madre mía... Recuerdo en especial aquella noche en el chino de Luis Montoto, el de al lado del bingo, el que ahora está cerrado. No sé muy bien por qué, pero esa noche lo pasé genial. Éramos por lo menos diez frikis.
También recuerdo aquella vez esperando en la parada del 21 del Corte Inglés, lo recuerdo a él especialmente, al No-Eduardo, fardando delante de otro amigo de que se había enrollado con una tía y ella le había metido la lengua hasta el fondo. Ya ves tú, un tío ya con sus buenos 18-19 años (porque era mayor que yo, eso seguro) fardando a lo bestia de lo que al fin y al cabo era un simple beso con lengua. ¿De verdad han cambiado tanto los tiempos en estos siete años, o es que la muestra que he elegido no es representativa del pasado? A saber. Pero cuando lo pienso me siento vieja, no puedo evitarlo.

Míralo, en el reflejo del cristal, moviendo ligeramente la cabeza al son de la música de sus cascos. Tal vez en el fondo siga siendo un jeviata, aunque ahora tenga que llevar el pelo corto al trabajo. Creo que está más gordo. Pero en general tiene mejor pinta que antes. ¿Y yo? ¿Estaré mejor o peor que a los diecisiete?

Llegamos a la última parada y él se baja antes que yo. Pero yo llevo prisa. Acelero y, durante unos angustiosos instantes, caminamos los dos a la par, sin mirar a nuestro lado, siendo terriblemente conscientes el uno del otro. Entonces me pregunto si No-Eduardo se estará acordando de la noche en el chino de Luis Montoto, y de nuestros amigos comunes, y de la chica que le metía la lengua hasta el fondo. Me pregunto si se estará preguntando cuál era mi nombre.

Al final, nuestros caminos divergen. Pero es casi como si nos hubiéramos saludado.

1 comentario:

Byron dijo...

Mmm... creo que a todos nos ha pasado algo así en alguna ocasión. Que vemos a un conocido antiguo de hace muchos años (porque si era amigo, saludamos seguro sí o sí XD Al menos yo) y no sabemos qué hacer...
Un beso!!